Los Hijos

Los hijos son la continuidad de nuestro proyecto vital. En ellos depositamos nuestras expectativas y nos volcamos para que transiten por la vida con más felicidad de la que nosotros tuvimos. A través de nosotros, llega a nuestros hijos todo lo que somos: lo que recibimos de nuestros padres y lo que hemos construido por nosotros mismos.

En el hijo confluyen dos visiones de la vida, las de cada uno de sus progenitores. También confluyen dos culturas familiares, las de cada uno de los padres, con sus valores y sus conflictos sin resolver. Según se hayan gestionado en la pareja las discrepancias entre ambas familias de origen, el hijo se enriquecerá con ellas o se convertirán en un elemento de conflicto para él.

Si los padres no han resuelto sus propios conflictos con su familia de origen, estarán transmitiéndoselos a sus hijos mediante su actitud. Cuando el hijo pone en evidencia que determinada actitud conflictiva ya ha llegado hasta él, los padres tendrán la tentación de resolverlo en el hijo, en lugar de tomar eso como un aviso de que ellos son los que tienen aún ese asunto pendiente de resolver.

El comportamiento de los hijos suele ser un reflejo de la dinámica familiar. Un hijo conflictivo es una muestra de las dificultades de sus padres para gestionar su relación con él. La familia no se desestructura cuando un hijo comienza a comportarse de una forma extraña o conflictiva, sino que en muchas ocasiones, el comportamiento extraño de los hijos surge cuando la familia no dispone de una estructura sólida y coherente. Por eso, la conducta conflictiva de un hijo no suele generar un problema nuevo para la familia, sino que es muy probable que con su actitud esté intentando señalar que en esa familia existe un problema no resuelto, que a él le está afectando.

La adolescencia es una de las etapas de mayor conflictividad. Sin embargo, los problemas con los hijos adolescentes tienen su base en cómo la familia ha ido manejando las dificultades con ellos durante su infancia. En la adolescencia, los hijos hacen de espejo con los padres: les devuelven un trato parecido al que los padres le dieron a él en los años precedentes. Les muestran sus contradicciones y cuestionan sus valores. El adolescente explora así los límites de su identidad. Corresponde a los padres definir claramente los suyos y armonizarlos con los del adolescente.

El adolescente inicia su salida fuera de la familia, en busca de su propia identidad. Si al llegar a esta etapa no tiene una identidad familiar sólida en que apoyarse, su salida al mundo se verá afectada por ello. El problema se agrava cuando a esta falta de apoyo se le une la exigencia de que se haga responsable de aspectos de su vida para los que todavía no está realmente preparado.

Poner más conciencia en lo que estamos haciendo, sintiendo y pensando con nuestros hijos hace más transparente lo que les transmitimos y permite que sea más fluido el intercambio afectivo con ellos.

 

 

   

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