La elección de un terapeuta

A la hora de elegir un terapeuta, además de las técnicas o los conocimientos que posea, es importante considerar su propio trabajo personal con la conciencia. De ello depende que sea capaz de evitar que sus propios conflictos y temores interfieran con las vivencias de su cliente.

Durante su formación universitaria, un psicólogo no asiste ni un solo segundo como paciente de los métodos terapéuticos que emplea, ni realiza ningún trabajo terapéutico personal que le permita elaborar sus propios conflictos interiores y conocerse mínimamente a sí mismo.

En cambio, para las psicoterapias humanistas, es esencial que el terapeuta haya llevado a cabo su propio proceso personal, mediante el que ha podido elaborar y poner más conciencia en sus propias dificultades y carencias internas. De hecho, uno de los requisitos para la obtención del título de terapeuta gestáltico es haber completado, al menos, 100 sesiones de terapia individual (unos 3 años). También es fundamental que el terapeuta haya desarrollado las cualidades centrales que caracterizan la actitud terapéutica que le permitirá acompañar al cliente en su proceso: estar presente aquí y ahora con conciencia y responsabilidad.

Un terapeuta no puede ser neutral y objetivo, tal y como defiende la psicología científica. No puede ser neutral, ya que es un ser humano y en la terapia se trabaja con la condición humana. Al estar presente ante su cliente, inevitablemente va a influir en él; forma parte de lo observado, y por tanto, no puede ser un elemento objetivo de la observación.

En las psicoterapias humanistas, el elemento fundamental no es la objetividad o la neutralidad, sino la relación terapéutica que se establece entre cliente y terapeuta. De ahí la importancia del trabajo personal del terapeuta, puesto que él necesariamente va a formar parte de la vivencia interpersonal de su cliente aquí y ahora. El terapeuta necesita saber discriminar adecuadamente sus experiencias vitales, sensaciones y emociones de las de su cliente. También es imprescindible que pueda mantener una presencia empática y una conciencia amplia con el fin de que pueda acompañar, comprender y apoyar a su cliente mientras éste atraviesa sus dificultades humanas.

Cuando ha llevado a cabo su propio proceso personal, el terapeuta podrá confiar profundamente en el proceso autorregulador y permitir que el cliente sea lo que es, sin interferir en su proceso, manipularle o dirigirle para que sea lo que el terapeuta cree que debería ser. Este es el elemento central de la psicoterapia humanista.

 

 

 

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