Conflictos Personales

Nacemos en una familia. Crecemos en ella. Llegamos a la adolescencia y empezamos a vernos como seres independientes de nuestros padres. Construimos así nuestra estructura de la personalidad, nuestra visión de nosotros mismos. Con ella salimos al mundo y empezamos a relacionarnos, como adultos, con los demás.

Ese proceso de crecimiento, no siempre ha sido fácil. A veces, hemos tenido que atravesar por circunstancias difíciles que hemos resuelto de la mejor forma posible. Muchas veces, a costa de reprimir, ocultar o ignorar una parte de nosotros mismos. Estas partes desconocidas, que quedan fuera de la conciencia, las rechazamos luego cuando las vemos en los demás. Entonces, nos enfrentamos a ellos sin saber que en realidad nos estamos enfrentando a una parte de nosotros mismos.

En otras ocasiones, hemos incorporado los criterios de los demás sin cuestionarnos su idoneidad. O nos hemos visto obligados a asumir determinadas consignas familiares, porque en ese momento, no teníamos recursos suficientes para oponernos a ellas. Incorporamos así una forma de mirar la realidad, olvidándonos que no fue la que nosotros elegimos, sino la que nos vimos obligados a acatar. Luego, continuamos mirando a los demás y a nosotros mismos sin tener en cuenta lo que percibimos realmente, sino sólo lo que creemos que debemos de percibir. Nos planteamos metas ideales y nos olvidamos de la realidad.

Cuando no pudimos enfrentarnos a alguien injusto o más poderoso que nosotros, y además no teníamos la madurez suficiente para poder tomar nuestras propias decisiones, nos quedamos atrapados en la rabia y la impotencia. En aquellas limitadas circunstancias, tal vez sólo pudimos expresarlas contra nosotros mismos. Aprendimos a hacer esto y, pasado el tiempo, en contextos semejantes, es probable que lo sigamos haciendo sin valorar la nueva situación.

A veces, realidades inasumibles vividas en el entorno familiar, nos llevaron a desconectarnos de nosotros mismos, con el fin de no sentir el dolor. Esta forma de huida del sufrimiento se convierte en el resorte que se activa cada vez que valoramos una situación como amenazante. Nos desensibilizamos así del dolor y de este modo, nos privamos de la capacidad de reconocerlo y de elegir relaciones que no nos dañen.

El deseo insatisfecho de cariño, de amor incondicional de los padres, nos llevó a una sensación de carencia que, pasado el tiempo, continúa en espera de que sea satisfecha. Exigimos que otras personas del presente llenen esa carencia del pasado, y si no lo hacen, expresamos contra ellos la frustración y la rabia que, en su día, no pudimos expresar a quienes originaron esa carencia.

Todas estas son algunas de las formas con las que vivimos la vida del presente teñida con los hábitos aprendidos en el pasado. Seguimos poniendo la misma visión sobre personas diferentes. Revivimos las frustraciones, carencias o rencores del pasado en situaciones semejantes que ocurren en el presente, sin darnos cuenta de que están protagonizadas por personas diferentes a las que nos dejaron esa huella que continúa interfiriendo en nuestra vida sin que lo sepamos.

Todo esto afecta a nuestra capacidad de relacionarnos adecuadamente con las situaciones del presente. Nos impide apartarnos de quien nos daña, y darnos cuenta del daño que nosotros ocasionamos a los demás. Nos mantiene desconectados de nuestro proceso autorregulador, de nuestras necesidades y recursos. Vivimos así una vida irreal, orientada hacia deseos inalcanzables, que nos produce frustración, rabia, miedo, resentimiento, envidia, ansiedad, depresión…

Estos son los síntomas emocionales con los que el organismo nos avisa de que algo no va bien. Sin embargo, el problema no son los síntomas, sino lo que los origina. Atacar a los síntomas es eliminar las señales que el organismo utiliza para comunicarse con la conciencia. Los síntomas no son el origen de la insatisfacción, sino el producto de una serie de circunstancias que han estado sucediendo en nuestra vida sin que fuéramos conscientes de ello. Es ahí donde es necesario que llegue la luz de la conciencia.

Lo importante no es lo que nos pasó, sino las repercusiones que eso continúa teniendo en nuestra vida presente. El pasado no se puede cambiar, pero ser conscientes de cómo los asuntos inacabados aún permanecen abiertos, nos permite resolverlos en el presente y liberarnos para siempre de ellos.

Poner más conciencia en lo que somos, en qué, cómo y para qué actuamos en nuestra vida, en descubrir nuestras formas automáticas de funcionamiento, nos permite empezar a separar lo que fue de lo que es, las heridas de los que nos hirieron, e iniciar así el camino de la sanación.

Las heridas emocionales que tanto nos dolieron en el pasado, podemos empezar a vivirlas con más conciencia en el presente. De este modo, por mucho que nos dañaran en el pasado, ahora podemos descubrir nuestros recursos internos para poder afrontar el sufrimiento, acogerlo, integrarlo y sanarlo. Es el paso previo para recuperar la capacidad de amar, perdonar y poder vivir con más armonía y bienestar.

 

 

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