Terapia Sistémica Constructivista: la reconstrucción de la identidad

 

 

La construcción de la identidad

La familia es el núcleo vital al que pertenecemos nada más nacer. Esta pertenencia nos transmite la idea básica acerca de quiénes somos: la identidad. Sin embargo, este es sólo el principio, ya que el proceso de construcción de la identidad va consolidándose a lo largo de las distintas etapas de la vida:

  • En la infancia, se produce la primera transmisión identitaria por parte de la familia a la que pertenecemos. De este modo, sabemos de dónde venimos. Esta transmisión no procede sólo de nuestros padres, sino de todos los antepasados que forman parte del árbol genealógico familiar.
  • En la adolescencia, construimos nuestra propia identidad individual. Al relacionarnos con los iguales, establecemos un elemento comparador con la familia de origen. De este modo, construimos una identidad que nos permite vernos como alguien diferenciado de nuestra familia de origen: es el proceso de individuación. Esto obliga a la familia a readaptarse a la nueva posición identitaria que adquiere el adolescente.
  • Posteriormente, cuando esa identidad individual está consolidada, surge el deseo de compartirla, estableciendo relaciones afectivas de intimidad con otras personas. Cuando en una relación es posible construir un espacio común de solidaridad, basado en algo valioso que nos une, surge una nueva pertenencia identitaria: la pareja.
  • El proceso comienza de nuevo cuando la pareja tiene hijos. De este modo, el ciclo de transmisión continúa expandiéndose a lo largo de las generaciones.

 

La dinámica familiar

El mantenimiento de una dinámica familiar conflictiva, disfuncional o desestructurada, o la obstrucción que ejerce la familia a los procesos naturales de individuación de los adolescentes, son algunos de los contextos en los que suelen desarrollarse las denominadas patologías identitarias: trastornos de personalidad, adicciones, trastornos alimentarios e incluso patologías severas, como psicosis, esquizofrenia o paranoia.

Cuando en una familia se produce una dinámica desestructurante, alguno de sus miembros puede llegar a manifiestar comportamientos extraños o desarrollar alguna patología identitaria. Esto hace que, en la familia, todos se fijen en él y le consideren problemático para el resto. Sin embargo, con su actitud, este miembro está poniendo en evidencia la existencia de un problema común, del que todos forman parte, y que les está afectando a todos, no sólo a él. Desde el enfoque sistémico, las patologías identitarias no se consideran una “enfermedad” individual, sino la consecuencia, o el síntoma, de una “enfermedad” familiar.

 

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En busca de identidad

Cuando el funcionamiento familiar afecta, en mayor o menor medida, al proceso de construcción de la identidad de alguno de sus miembros, la persona vive con incertidumbre, pues a menudo duda de sí misma: de lo que es. Y también con angustia, pues al no tener claro lo que es, hace continuos esfuerzos para intentar ser lo que cree que debería ser.

Si además, cada nueva tentativa la basa en referencias externas, se aleja más de si mismo y eso aumenta su frustración. En este caso, estará atrapado en un círculo vicioso, tratando de completar su proceso de adquisición de la identidad sin darse cuenta de que siempre recorre su camino de búsqueda en la dirección contraria.

En las patologías identitarias más graves, como son las psicosis, la persona está tan atrapada en la dinámica familiar, que apenas le queda espacio para existir como individuo. Vive su propia realidad, distinta de la realidad de quienes le rodean.

 

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Terapia Sistémica Constructivista

La Terapia Sistémica Constructivista permite poner una mirada global sobre el sistema familiar y sobre el transcurso de los procesos de construcción de la identidad. Su objetivo es determinar, clarificar y abordar las dinámicas familiares conflictivas, disfuncionales o desestructuradas.

Como en todas las psicoterapias humanistas, el terapeuta no dirige a la familia, sino que la acompaña en su proceso de indagación y la apoya, para que pueda reencontrarse con los valores que han quedado dañados por la dinámica familiar. Contribuye, con su curiosidad, al acercamiento de la familia a su historia más difícil; a una realidad que a veces, es tan temida como liberadora.

Poner más conciencia en la dinámica familiar, permite que todos sus miembros armonicen su visión acerca de la estructura y funcionamiento de la familia, expresen los temores y creencias que subyacen a su comportamiento, y hagan explícito lo que cada uno pretende comunicar a los demás por medio de sus acciones, a veces perjudiciales para él mismo o para los demás.

Cuando aflora y se restituye lo valioso de la familia, cada uno puede saber quién es y de este modo, queda libre para continuar su propio camino en paz, juntos o por separado.

El enfoque sistémico es especialmente relevante cuando los conflictos personales mantienen al individuo atrapado en su familia de origen, y le impiden funcionar adecuadamente en su vida, o con su propia pareja o familia.

 

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Abordaje sistémico

La mayoría de nuestros conflictos personales proceden de situaciones no resueltas, vividas en nuestro entorno familiar de origen. Las consecuencias de muchos de ellos pueden ser abordados de forma individual. Pero cuando las implicaciones familiares que dieron lugar al conflicto emocional aún siguen muy presentes, interfiriendo en la vida de la persona, la complejidad resultante es preciso abordarla también desde un enfoque sistémico.

Del mismo modo, los conflictos personales en los que subyace alguna interrupción del proceso de construcción de la identidad son difíciles de abordar sólo desde una perspectiva individual, debido a las implicaciones familiares. En estos casos, es preciso complementar la terapia individual con un enfoque sistémico, que contemple la totalidad del contexto familiar en el cual se han producido las dificultades originales.

Mediante la Terapia Sistémica Constructivista, es posible profundizar en la estructura y funciones del sistema familiar, con el fin de clarificar los conflictos conscientes e inconscientes que existen entre todos sus miembros.

Lo ideal sería que en este tipo de abordaje terapéutico participaran todos los miembros del sistema familiar, ya que la información está repartida entre todos ellos. Esto es especialmente necesario en el caso de las patologías severas. Pero no siempre es posible, por diversas causas: negación a colaborar, fallecimiento, etc.

Si no participan todos, los resultados serán incompletos. Pero esto, siendo un inconveniente, no es un obstáculo que impida que uno o varios miembros de la familia puedan abordar la dinámica familiar desde la perspectiva sistémica y beneficiarse de ello.

El abordaje sistémico suele ser muy revelador y muy sanador. La indagación colectiva permite esclarecer el entramado de relaciones familiares conflictivas y disfuncionales que dan lugar a una desestructuración del sistema. Este es el contexto en el que surgen y se mantienen muchos de los conflictos personales y, en los casos más complejos, las patologías identitarias e incluso las patologías severas. Comprender el origen y la función que el mantenimiento de una determinada dinámica familiar está teniendo para el conjunto del sistema, facilita restituir relaciones enquistadas y encontrar nuevas formas de funcionamiento, que resulten más saludables para todos.

 

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El cliente es el conjunto

En la Terapia Sistémica, el cliente no son las personas individuales, sino el grupo: la familia o la pareja.

Cada miembro del sistema familiar ocupa un lugar determinado en él y cumple unas funciones y responsabilidades específicas. La Terapia Familiar Sistémica permite descubrir y clarificar las alteraciones de la estructura familiar o de las vías de comunicación en la familia. También las repercusiones que eso está teniendo sobre cada uno de sus miembros. La puesta en común de los diferentes puntos de vista, permite que afloren nuevos matices de hechos traumáticos, relaciones conflictivas, instigaciones, alteraciones estructurales, la posible existencia de secretos familiares, etc.

En la terapia con adolescentes, el enfoque sistémico permite abordar cómo está asumiendo la familia el proceso de individuación de los hijos, y cómo está llevándolo a cabo el propio adolescente. Cuando la familia no ha conseguido transmitir una identidad familiar positiva, y el adolescente no se siente apoyado por ellos, el proceso de individuación se complica. La falta de referencias familiares válidas, puede desorientar al adolescente a la hora de buscar su identidad fuera del entorno familiar, pudiéndole llevar a asumir riesgos innecesarios.

En los conflictos de pareja, la Terapia Sistémica permite revisar los respectivos procesos de individuación, la estructura y funcionamiento de las familias de origen, la solidez con que se ha construido la estructura de la pareja, y cómo se han establecido las relaciones con el exterior, especialmente con las familias de origen. Todo ello configura un escenario en el que se puede contextualizar el conflicto de la pareja y, de este modo, descubrir el origen profundo de los problemas.

 

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Recuperar la armonía

El abordaje sistémico enriquece y aclara el origen de muchos de los conflictos emocionales. Algunos de ellos pueden proceder de situaciones que, aún siendo conflictivas o traumáticas, se han considerado una forma de funcionamiento normal dentro del ámbito familiar. Por ejemplo, si en la familia se ha vivido en un clima de violencia y ésta se ha banalizado, asumiéndose como algo normal, es muy probable que luego los hijos maltraten o reciban trato violento, sin ser muy conscientes de ello.

Abordar la historia familiar desde el enfoque sistémico, puede allanar el camino de la terapia individual. Cuando alguien está atrapado en los conflictos familiares del pasado, la Terapia Sistémica le permite descubrir los finos hilos que aún le mantienen unido a conflictos de los que él, en realidad, ya no forma parte. Cuando consiga cortarlos, y liberarse de ellos, podrá hacerse cargo de las consecuencias que esas vivencias han tenido para él, e intentar resolverlas e integrarlas, mediante la terapia individual.

El pasado nunca se puede cambiar. Pero el pasado no resuelto aún continúa activo en cada momento del presente. Lo importante no es lo que nos hicieron en el pasado, sino lo que nosotros hacemos, en el presente, con aquello que nos hicieron en el pasado. Cuando abordamos un problema del presente, que tiene alguna relación con hechos del pasado, estamos liberándonos poco a poco de sus consecuencias. Con perseverancia, llegará un momento en que podamos mirar de frente al conflicto original del pasado y podamos poner más conciencia en lo que realmente sucedió, para sanar las heridas y continuar avanzando, libres de esa pesada carga.

 

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